Celia Noguera vuelve a Valdenoche para enterrar a su abuela y jura no quedarse ni un día más del necesario. Pero el testamento tiene otros planes: para heredar la viña más antigua del valle tendrá que compartir la vendimia con Yago Solana, el heredero de la familia rival y el único hombre que alguna vez le rompió el corazón. Entre barricas centenarias, secretos de dos generaciones y una oferta que amenaza con arrasarlo todo, el rencor que los separa empieza a parecerse peligrosamente a otra cosa. Antes de que acabe la vendimia, Celia tendrá que decidir qué está dispuesta a perder: la tierra, el orgullo, o a él.
Así empieza
El coche dejó atrás la carretera nacional y enfiló el camino de tierra que subía hacia Valdenoche, y Celia Noguera sintió que el valle entero se inclinaba para mirarla, como llevaba haciendo toda su vida.
Siete años. Siete vendimias que no había visto empezar ni terminar, siete septiembres respirados desde ciudades que olían a asfalto caliente y no a mosto. Y sin embargo, en cuanto bajó la ventanilla, el aire supo exactamente igual: a tierra removida, a uva madura, a humo lejano de sarmientos quemados. El valle no había cambiado. Ella, se temía, tampoco tanto como le hubiera gustado.
Las hileras de vides se extendían a ambos lados del camino, ordenadas como ejércitos que llevaban un siglo en tregua, y al fondo, sobre la loma, la torre de la iglesia de Valdenoche tocaba a difuntos con una lentitud que Celia recordaba de cada entierro de su infancia. Hoy tocaba por su abuela.
Remedios Noguera había muerto un martes, a los ochenta y nueve años, con las manos todavía manchadas de tanino y una copa a medio terminar en la mesilla. A Celia le pareció el final más propio del mundo para una mujer que había fundado una bodega antes de que las mujeres pudieran, según decían, firmar un préstamo sin marido. No le pareció, en cambio, propio de nada que ella hubiera tenido que enterarse por teléfono, en Madrid, con la maleta ya hecha para otro viaje.
Aparcó frente a la casa grande —la que todo el pueblo seguía llamando "la casa de la Viña", aunque hacía cincuenta años que la viña de verdad, la más vieja, ya no era solo suya— y se quedó un momento con las manos en el volante, respirando.
Iba a ser un día largo. No sabía todavía cuánto.
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